Guadalajara, Jalisco — 25 de abril de 2026

I
Por efecto de la memoria que inventa sobre la marcha, siempre he tenido para mis adentros que el advenimiento de la muerte, el hachazo homicida que Miguel Hernández llora en su elegía a Ramón Sijé ( No hay extensión más grande que mi herida / lloro mi desventura y sus conjuntos / y siento más tu muerte que mi vida) como un artefacto de relojería en cuya explosión en mil pedazos ve sus fragmentos multiplicarse por la red arácnida del aire, no tiene su final luego de que sobre la lápida, tras una secuencia de eventos lineales, de episodios que van a dar a la hoguera del olvido, sean inscritos en cincel los dos breves, gozosos bocados de eternidad que a la persona bajo tierra le fueron regalados como una joya de incalculable valor. En su lugar, reguero de papeles que el viento de la calle organiza por el suelo y los muebles según la lógica inescrutable del infinito, otra maquinaria, otra fábrica de tejer entra en operaciones a instaurar el orden que se perdió y es compromiso de los deudos encauzar de vuelta al redil. Como en Emma Sunz, de Borges, que sufre la merma de su equilibrio en las rodillas no bien lee de una nota que su padre falleció, nada, los horarios laborales, las citas de amor para el día siguiente, las juntas de gobierno, las clases en la universidad, nada refrena el curso habitual de las cosas, siendo la muerte de su ser querido uno más entre los engranajes que constituyen la vida en su rumbo a la mar que es el morir. Sucede con los granos de arena fina que hollan nuestros pies descalzos a orillas de este mar de la imaginación, que su número no es concebible para la mente. Igual que los granos cuya inabarcable extensión numérica nos tomaría numerosas vidas contar, el tiempo no conoce los intervalos ni el luto fúnebre. Correr y abandonar son dos verbos que se entrelazan en un nudo que semeja la forma de un listón azabache, brilloso y decisivo, a la cabeza de la puerta. Más aún la muerte de un familiar que nos era tan próximo como solo pueden las espinas a la flor: de su estela se percata el ojo cuando parten. Son las estrellas en el cielo que nos envían su luz desde épocas pasadas al presente. Yo vivo a una casa de donde la muerte vino a cobrarse, el sábado último, un alma que no imagino acompañada por alguien más que Dios. Ahora escribo estas líneas con cargo de conciencia. Ahora es una palabra que respira con aire artificial.
II
Cada noche me voy a dormir con la esperanza de ver las estrellas. A modo de esperanza, como el título que da nombre al primer poemario de José Ángel Valente. Muevo arriba de mi cabeza las persianas del dormitorio y lo que obtengo son cucharadas de nostalgia, reclamos a la injusticia de perder un bien tan preciado del que se olvida la memoria sin querer, por costumbre. Es este el precio, entre muchos otros, de vivir lejos, donde la vida apacible está reservada para una minoría con la fortuna de todas las noches tener para su disfrute el cielo inmenso, la oscuridad en su estado más noble, privado de las luces artificiales que nublan lo que sería una tierra donde quienes habitan sus moradas viven en un presente continuo, un decurso de la vida sin intermediarios que a nadie más que a las personas en el poder actualmente comporta verdaderos beneficios. Nunca nuestra, a la noche la posee un dueño invisible y misterioso. Así también lo demás, al coste de sacrificar vidas inocentes, familias.
El cielo no es como lo pinta la memoria. Puntos aquí y allá son la prueba irrefutable de un pasado que la contaminación, que las luces de la ciudad embozan con un manto de esmog. Solas, las estrellas aguardan su momento de reclamar lo que es suyo por derecho, brillar con luz de ayer sobre casas y edificios como en tiempos cuando el transcurso de la vida era diferente al de ahora, apaciguado, permitiendo al ojo curioso detenerse a mirar la belleza de lo inmóvil.
Para adentrarnos en las alturas, es preciso voltear hacia donde menos esperaríamos desentrañar una verdad eterna: el cuerpo. En Nostalgia de la luz (2010), documental que aborda la crisis de desapariciones forzadas cuyas víctimas, al norte de Chile, pueblan el desierto de Atacama y sus costas, Patricio Guzmán, director de “El botón de nácar”, “La batalla de Chile: La lucha de un pueblo sin armas” y “Chile, la memoria obstinada”, practica un ingenioso ejercicio comparativo entre la procedencia de las estrellas y los restos humanos que correspondieron a jóvenes a quienes la dictadura de Pinochet persiguió hasta su captura y posterior privación de la libertad a manos de militares. De entre sus observaciones al respecto, el cineasta elabora una tentativa de análisis que arranca desde lo simple a lo complejo, dicotomía en la dualidad que, mediante el calcio, alía los huesos humanos a las estrellas, los cuales compartirían este elemento de la tabla periódica, el quinto más abundante sobre la Tierra. Así como son de calcio los huesos, advierte Guzmán que las estrellas provienen del mismo género de mineral, que habría hecho un largo viaje por el espacio hasta que, en el día presente, luego de descender a la tierra se incrustó en el amanecer de la humanidad. Somos lo que somos por herencia de las estrellas. Polvo enamorado.
Por las conexiones que traen al presente crisis paralelas, en el contexto de una urbe sumida en el terror, un aspecto sobresaliente del filme permite apreciar que la correlación poder – ciencia tiene el potencial de degenerar al sustrato de la violencia ejercida por el brazo armado del Estado, o cabría mencionar, sus instituciones filiales. Estudiando el comportamiento de los cuerpos celestes a lomos de montículos naturales, los observatorios de Atacama se asientan en un enclave polisémico, en constante reelaboración, marcado por la errancia de viajeros que, con inscripciones y dibujos de familias migrantes, llamas y aún máscaras rituales, tatuaron las piedras allá donde hubiera una historia por contar a los que vinieran después; formaciones rocosas que, según la costumbre gitana de dejar al partir una manzana a medio comer, embalsaman el paso de las diversas agrupaciones sociales sin residencia fija y su transformación a cementerio clandestino. Es un hecho que, en Guadalajara, la dualidad entre violencia y astronomía contiene un oscuro trasfondo debajo del reinaugurado planetario al norte de la ciudad, Lunaria.
Ya hacia el 2014 quedó sepultada bajo los escombros la que fue por casi medio siglo la sede oficial de la FEG (Federación de Estudiantes de Guadalajara), a raíz de un crimen que no afectó en, al pasar los años, promover la rehabilitación del recinto con fines presuntamente divulgativos y decididamente turísticos. Cuatro jóvenes estudiantes de la Preparatoria 8 y un padre de familia muertos.
También es sabido que los cadáveres, inhumados al interior, tras ser descubiertos desataron la polémica alrededor de la Universidad de Guadalajara. Aquí el número no es relevante; en Guadalajara y Atacama, Chile, opera una lógica de exterminio contra actores incómodos de la oposición.
Las desapariciones son una herida abierta a la que interpela una duda sin palabras. El recuento no discrimina municipios: 259 bolsas con restos humanos y 21 cuerpos en Camino a Las Agujas y Lomas de la Capilla, respectivamente, solo por hacer mención de dos casos emblemáticos cuya resonancia atrajo las miradas de innumerables medios periodísticos en el extranjero. No es sino gracias a la constancia de sol a sol, al desinterés humanitario, a las labores infatigables de parte de colectivos de madres buscadoras a la cabeza de los hallazgos (Guerreros Buscadores de Jalisco y Corazones Unidos en Busca de Nuestros Tesoros, entre muchos más) con la participación simbólica de Guardia Nacional y elementos de seguridad locales en Zapopan e Ixtlahuacán de los Membrillos, como también la periferia, Tlajomulco y el corredor de inseguridad que es la arteria única que conecta los fraccionamientos sobre la avenida Adolf Horn; no es sino la participación ciudadana el salvamento que ha reivindicado la dignidad donde las instituciones de protección a las víctimas brillan por su luces.
Signo de presencia y ausencia, la luz persiste: son las estrellas vistas desde las cúpulas ciclópeas en Atacama; son los hijos que gorilas sustrajeron de brazos de sus madres huérfanas y fueron a dar al cementerio marino de las playas; son las desapariciones forzadas en Jalisco.
Como apéndice, en el documental del chileno se refiere que las localizaciones de osamentas en las extensiones del Atacama (huesos rotos en su mayoría, pedazos de pedazos, fragmentos solitarios que la erosión y los rayos solares blanqueaban al grado del desmoronamiento) son producto de reinhumaciones con retroexcavadora, en operaciones ilegales que habrían desaparecido todo rastro de las fosas comunes donde los cadáveres yacían acumulados unos sobre otros. Dichas acciones pudieron ser la consecuencia directa de la prematura descomposición en los ejemplares de huesos que labores conjuntas de arqueólogos y madres buscadoras reunieron sin obtener un muestrario completo que esclareciera, por un lado, el modus operandi durante las excavaciones a cargo de militares con nombre y apellido, y en segundo lugar atara los cabos para dar continuación a las expediciones, en busca de nuevos indicios y una hipotética fosa de mayor tamaño.
Reinciden los patrones en señalar una misma estrategia y un homólogo en el estado de Jalisco: cazar, desaparecer, limpiar el área, destruir las evidencias, dar certezas a la impunidad e inquietudes a la memoria colectiva, la que nos pertenece por derecho de nacimiento.
¿Qué distingue a un gobierno dictatorial de uno democrático, si a la luz de la indolencia y los crímenes que ninguna dependencia procura evitar, el saldo de muertes por desaparición forzada incrementa mes con mes? ¿Quién decide a unos tachar de tiranos y a otros llamar, simplemente, gobernadores, mientras aumentan de número por día las fosas en el país?
III
Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
Amor constante, más allá de la muerte, Francisco de Quevedo
.
Homenaje a Claudio Ptolomeo
Soy hombre: duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.
Hermandad, Octavio Paz
— La Lucha Continúa
Sebastián Rojo
Nuevo Corresponsal de Revista Para Esto!
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