Guadalajara, Jalisco — 08 de junio de 2026

 

Para un comienzo en falso de esta columna me gustaría reírme de la ironía, de la brutalidad sardónica en las conmemoraciones anuales. ¿Qué fechas celebramos, exclusivamente mexicanas? Como en honores a la bandera, estación obligada lunes con lunes de la minoría de edad, la Expropiación Petrolera, la Batalla de Puebla, la Independencia, la Revolución.

Ahora bien, ¿qué festejan las celebraciones? ¿Quiénes, además de los ganadores, protagonizan sus historias? Al menos a mi generación, hablando a título personal, en la piel de la memoria tenemos grabado a fuego el maniqueísmo como teleología sin derecho a réplica. Confiere legitimidad la narrativa western de buenos contra malos. En el presente caso, invasores, explotadores, jerarcas, monarquías, emporios transnacionales, regímenes totalitarios contra un mito: el Pueblo Mexicano.

El que calla otorga: ninguna dicotomía es esencialmente imparcial. De lo anterior, se deduce, hay un bueno por cada malo. Más aún, peor encima, cabe decir: el Bueno y el Malo, como en la lucha libre, son arquetipos que aparentes evidencias confirman. ¿Quien asigna al malo su papel de contrincante? El Bueno; ¿quién al bueno? El malo. Malos actores de sí mismos, el chiste y la tautología se cuentan solos.

Luego, el aparato estatal calendariza las vacaciones. Fiestas patronales y días de asueto conmemoran la pugna entre republicanos y conservadores por instituir el laicismo sobre los mandatos de la Iglesia. Ebenezer Scrooge reloaded: un fantasma recorre México. Pero los avatares del santoral colectivo divergen de posturas: son otros sus referentes. A su educación sentimental la fundan la rebeldía y el luto, la intransigencia como estilo de vida. Allí en la lucha, la insignia es un código de ocho cifras:

02/10/68
28/05/04
05/06/20

A la clásica frase del zapatismo habría que realizar una ligera incisión: la historia es de quien la trabaja. Más puntualmente, por obvio que pueda escucharse: la historia es de quien la recuerda.

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Entremos, pues, como si realmente existiera la posibilidad, a 1971, 55 años a la fecha, 8 sexenios, un fin de siglo. Escasos 3 años hacía que aconteció la masacre de Tlatelolco, en la Plaza de las Tres Culturas. Un periodo de luto se incluía por añadidura a la moral baja entre el sector combativo de sociedad civil. Ningún medio de la época acertó a precisar el número de bajas civiles. Solo una certeza, un gesto a media voz: el gobierno federal no toleraría el resurgimiento de la chispa necesaria que detonó el incendio en su gestión como segundo al mando de Díaz Ordaz. Inadmisibles las organizaciones defensoras de derechos humanos, las comunidades en lucha, las células revolucionarias que luego, a través de la DFS, en la Guerra Sucia sepultó bajo torres de papeles, tortura y desaparición.

A palos se mitigó la marcha que marcó a una generación de jóvenes prematuramente sumidos en la desconfianza. Jóvenes que se atrevieron, en un ambiente de alarmas encendidas. Más que por la satisfacción de fines reivindicatorios, que tampoco están de más, elijo, elegimos el Halconazo por la causalidad.

Por la lógica subyacente a la represión: el propio Estado jalisciense evidencia que tales lecciones hicieron escuela.

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En México las fechas son brújulas del presente. 6 y 5 días separan tres crímenes de Estado sin culpables en prisión: 28 de mayo, 5 y 10 de junio. El “Jueves de corpus”, la represión a manifestantes “globalifóbicos” – el apodo como la derecha decidió etiquetar a las víctimas por las detenciones extrajudiciales, aprehensión y tortura, el 28 de mayo de 2004 – y el 5 de junio, tras los hechos de brutalidad policiaca, quema de patrullas e intromisión al Palacio de Gobierno, en protesta multitudinaria por la negligencia de funcionarios y oficiales de policía de Ixtlahuacán de los Membrillos, cómplices por la muerte de un habitante de la zona, Giovanni López.

El presente no es menos alentador. De acuerdo al Informe especial de la CNDH con motivo de las violaciones a los derechos humanos, entre los días 28 y 29 de mayo del 2004, el investigador y académico Jorge Ceja Martínez contabilizó un total de 73 detenciones ilegales, 55 casos de actos crueles y degradantes, 73 incomunicaciones y 19 casos de torturas, recuento obtenido en el marco de las actividades culturales y políticas que finalizaron con una manifestación pacífica sobre avenida Juárez, a la cual, subraya, personas identificadas con señas reconocibles detonaron un conato de violencia, al ser quienes propiciaron los disturbios al cruce con avenida 16 de septiembre y cuyo cruel desenlace mantuvo en reclusión a manifestantes y no manifestantes, víctimas de humillaciones, enajenación, tortura psicológica, vejaciones que al tiempo fueron respaldadas en bloque tanto por actores de la iglesia, líderes políticos y miembros del sector empresarial, con la mención honorífica del ahora gobernador del municipio de Zapopan, Juan José Frangie, entonces presidente del Centro Empresarial de Jalisco.

Tanto peor resulta el escenario actual visto a la luz de este pasado, con personajes que reinciden, cuando no perpetúan sus funciones bajo distintos nombramientos, en la palestra del oficialismo. Para muestra un botón: Octavio Solís Gómez y Salvador González de los Santos.

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Procuradores Generales de Justicia de la extinta Procuraduría de Justicia del Estado en los periodos 2000 a 2005 y 2005 a 2007, respectivamente – Solís Gómez fue gobernador interino entre el 21 de noviembre de 2006 al 28 de febrero de 2007 – ambos personajes ostentan un historial de obediencia, compromiso y continuidad que, como las malas secuelas, en la segunda década del siglo XXI refrendarían su lealtad al poder como Fiscales Generales de Justicia, dos cartas en la baraja de Movimiento Ciudadano a solicitud expresa de Enrique Alfaro Ramírez y Pablo Lemus Navarro. Solís Gómez, Procurador General durante la represión del 28 de mayo, así como Fiscal General, en 2020, año pandémico, ahora en la representación de la recién creada FGJ, goza de un aparente favor de los altos mandos que lo eximió de purgar la pena por decenas que incriminaron a su institución por los crímenes de Estado antes descritos, añadiéndose a la lista el terrorífico pasaje sufrido por al menos 100 personas a quienes elementos de la Fiscalía del Estado, vestidos como civiles, a bordo de camionetas sin placas, portando armas contundentes que habrían sido utilizadas para disuadir y amedrentar, detuvieron mediante la violencia sin cargos ni explicaciones, en los alrededores de la calle 14, vía sobre donde se alzan las instalaciones de la Fiscalía y frente a la cual se llamó a establecer una concentración, en reclamo de la liberación inmediata de los presos durante las últimas horas del 4 de junio.

Apilados unos sobre otros fueron repartidos y repartidas bajo amenazas de muerte o desaparición, atrás de asientos ocupados por oficiales que custodiaron el viaje a la noche que fue el 5 de mayo. La locura, la obscenidad, el espanto no son propiedad exclusiva de la ficción: existen y son realidades tangibles que nos tocan de manera personal e íntima.

Con esto, no es cosa menor la continuidad.

Digámoslo con llaneza, sin pretensiones: nadie concibe la magnitud del impacto de fuerzas contrarias que se avecina.

Podríamos estar equivocados, desde luego. Pero a dónde mirar si no es hacia las madres buscadoras, a las y los pobladores de colonias sin agua ni electricidad, a los agricultores, a familiares víctimas de feminicidios, todos, a propósito, grupos que meses atrás han manifestado su descontento mediante cierres viales y concentraciones -como mínimo.

Cabe prestar los oídos a lo que tiene para enseñar el pasado a sus descendientes.

¿Cómo responderá el Estado ante la crisis, en medio de un evento masivo de escala internacional?

El ritual de la violencia es una ceremonia en las antípodas del acto cívico: sin victoria del pasado que celebrar, el espíritu que la anima conjura el olvido. Las malas costumbres reclaman su procedencia, su derecho de antigüedad, antes que las obras de filantropía. Su proceder, siempre el mismo, a la más risible suspicacia pone en práctica su adiestramiento en las artes del terror: rastrea, persigue, hostiga, reprime, tortura. Verbos fríos que nadie pronuncia en voz alta.

Como si de noche llamaran a la puerta, el futuro, asegura la frase que alguna vez leí grafiteada sobre una cortina de acero frente a estación Urdaneta, es una emboscada.

 

— La Lucha Continúa

Sebastián Rojo

Nuevo Corresponsal de Revista Para Esto!

#ProtegerLaDignidad #PeriodismoEnRiesgo #LaLuchaContinúa

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