Mismaloya, Jalisco — 03 de mayo de 2026

Cuando la tosca llave enmohecida
tuerza la chirriante cerradura,
en la añeja clausura
del zaguán, los dos púdicos
medallones de yeso,
entornando los párpados narcóticos,
se mirarán y se dirán: «¿Qué es eso?»

Y yo entraré con pies advenedizos
hasta el patio agorero
en que hay un brocal ensimismado,
con un cubo de cuero
goteando su gota categórica
como un estribillo plañidero.

Ramón López Velarde

Las crisis personales son reveladoras de un trasfondo que activa sus alarmas a la menor provocación. Sin embargo, de una utilidad transformadora donde opera un criterio que suaviza el malestar por las lesiones, su irrupción propulsa eventos sin los cuales seríamos una perpetua promesa de mejoría que no se cumple. Justificando el porqué de esta clase de sondeo inicial, debo aclararme: fue por un reel de @marmareaurbana que me replantee la preservación del patrimonio cultural. En el video al que hago alusión, la creadora de contenido apela al usuario de redes sociales con la siguiente pregunta: ¿vale la pena velar por la inalterabilidad del Parque Rojo, pese al desplazamiento de lxs asistentes al tianguis de cada sábado, vendedoras y comerciantes? La finalidad es, de parte de los gobiernos municipal, estatal y federal, muy clara: limpiar las calles de tribus urbanas – término connotativamente resbaloso pero eficaz. No hay siquiera botes de basura, pues donde hubo una zapata sobre el pavimento de la acera hay, tras su desaparición, una base decapitada desde la raíz. El propósito de la denuncia: ¿qué nos detiene de demoler el Hospicio Cabañas? O en un caso más próximo a la realidad de todos los días, ¿qué frena a las autoridades de levantarse con el pie izquierdo y ordenar su destrucción? Nada en lo particular ni en lo general abunda en claridades. Disponemos de tan solo pistas: un modelo para armar. Una pregunta que formular a nuestro yo que el espejo devuelve por rebote: ¿Qué importancia damos a las edificaciones antiguas, a las fuentes o a las piezas escultóricas, y cuál es su función, el interés social de destinar un porcentaje de los presupuestos anuales a sacudir el polvo del olvido en sus hombros? Sería un reduccionismo aventurar conclusiones. ¿Tener o no tener? ¿Qué habría detrás de los muros blancos?

El peso verdadero que vuelve a un edificio insoportable (soportar: una fuerza de tensión que opone resistencia al empuje de otra fuerza proporcionalmente opresiva) es la historia que debajo de sus cimientos albergan los sustratos más profundos de la memoria colectiva. Hemos visto este mismo caso repetirse en las artes plásticas: perturba la pulcritud higiénica del lienzo. La limpieza enmascara fracturas de un resquebrajamiento paulatino que se viene dando desde que, en América, México se batía en guerra con Francia y Estados Unidos por su independencia. A la conformación del poder en grupo dirigente y del grupo dirigente en clase alta, las secciones inferiores de la pirámide tienen como elección cerrar filas en virtud de, según se cree, favorecer a los victoriosos, quienes asimismo son portadores de la verdad oficial, o abiertamente saltar del barco, declararse opositores, renegados, tránsfugas. Negarse a toda costa. Una constante son los atributos en juego. No un objeto, ni siquiera una obra en sí misma vale el empeño, si no son, letra por letra, los significados. El derecho intransferible a explotar los signos que constituyen la historia. Por ello que un edificio, una plaza, un centro de culto religioso atraigan la polémica es síntoma de una lógica precisa. No está en discusión única y exclusivamente el espacio. De lo que en verdad se trata es la amalgama de símbolos que sellan la pertenencia y la propiedad. En pocas palabras: los edificios pesan en la medida que lo deseen la población y sus gobernantes.

Paseándose cualquier persona por las calles del Centro de Guadalajara, basta con elevar la mirada para corroborar el estado de decadencia en que los edificios históricos permanecen como recordatorio del olvido transgubernamental. Abandonadas a su suerte, salas de cine que revistieron de lujo a los alrededores, hoy, con pliegues de costras que nadie en sus ocupaciones advierte si no se obliga a comprobar el deterioro, demuestran que la priorización de las remodelaciones depende de algo más que un abanico de grietas sobre la pared. Monumentos a la indiferencia, estas ruinas que vemos calan a una profundidad que el funcionario desestima por descarte. Mas no es por un azar que se escapa al entendimiento la verdadera causa de transitar rodeados por escombros futuros.

Quienes durante la infancia tuvieron oportunidad de iniciarse en el miedo a los payasos, al desplazarse entre vacilaciones y espejos hechizos en la Casa de los sustos de las ferias de pueblo, sabrá identificarse con la linealidad a través de los pasadizos que conducen a la puerta de salida, cuando se ha vuelto la ciudad un parque temático con una fuerte debilidad por la obediencia. Si a nuestros representantes pidiéramos recostarse en el diván del analista clínico, hallaríamos una declaración por cada fuente cegada, cada glorieta y parque en el día cero de la novedad más irrisoria. Seríamos capaces de, al fin, responder a la Pregunta por la Cosa. Pero ni siquiera entonces sería suficiente la satisfacción de obtener, a cambio de efectuar con éxito una intensísima terapia de choque, las otras cosas, los bienes inmateriales que hizo perder en el fuego la ambición desmedida de unos cuantos. Del Parque Agua Azul a las edificaciones coloniales que monstruosas máquinas demoledoras echaron por tierra y en su lugar se erigieron locales en renta, los hematomas, las laceraciones que no cura un arreglo floral.

Un atenuante que agrava la pertinencia de la conservación es el fetiche en el que un espacio público de renombre se transforma por acriticismo e idolatría. Cede su lugar la historia de libro y consulta bibliográfica a un anquilosamiento prematuro que fosiliza las de por sí escleróticas esculturas ecuestres. La toponimia, inaprensible, se funde con el granito. Se priva de concordancia con la memoria al sentido de pertenencia. Orgánica no es la palabra que mejor describe al despojo de segundas opciones, de alternancias en la línea de sucesión que es el parámetro para hacer constar que el nombre de un personaje de la Guerra de Reforma – por un ejemplo que se dé a entender por sí solo con independencia de si esta columna la lee o no la lee una persona que resida en Jalisco – sea quien posea la titularidad de las calles. Con el respeto que se merecen (o no) los Padres de la Patria, el rótulo indeleble que son las marcas de origen en lo alto de las esquinas es, más que el producto de la unanimidad, un paradigma de lo arbitraria que puede ser una legislación tomada sin un consenso a priori, consulta ni participación de la ciudadanía. Una muy necesaria lección de humildad histórica nos la dan las haciendas. Feudos esclavistas que practicaban la tortura física y psicológica del peonaje analfabeta, de su rancia gloria subsiste el adobe. Pululan por las aulas universitarias, por los pasillos y aún los sanitarios, neo porfiristas de extrema derecha que sin razón aparente lloran lágrimas de cocodrilo por los regímenes autoritarios, quienes edípicamente añoran cuando el Padre simbolizaba la castración del falo: el poder en el hogar.

A todo nicho lo suelen integrar dos bandos en pugna. Ahora imaginemos a estos dos bandos multiplicarse en cientos de miles. El orden al cual se someten las ideologías es histórico, e implacable el escrutinio moral que con microscopio juzga y examina. Quetzalcóatl, en el mito, huyó engañado por el humo. Entre las nubes se perdió su figura, allí donde amanece pero también cae la noche. Pero también el cielo no destella con sus luces si no es al avanzar el reloj hacia la hora y el sitio para la reflexión y la mesura. Hacia la contención: guardar el aire cuando el grito clama por salir. Hacia la contemplación: esto que ves, las direcciones, las directivas, los desencuentros, endebles como la fragilidad de un vaso a punto de quebrarse, retiene la clave para descubrir lo que, detrás de los muros, al derribar los palacios emerge triunfante: la dignidad. Quizá, antes que las obras negras del poder reconquistado finalicen, la belleza tenga para ofrecernos una última clase de actuación, la que nos enseñará a desprendernos de los bienes, el amor a las estatuas. O cabe la gran posibilidad contraria de restituir su valor original, no especulativo, a los museos en aumento. Mientras no ocurra lo anterior, nada, ni el nombre de las calles ni el derecho a intervenir el patrimonio de templos a la memoria de bronce, nos pertenece.

— La Lucha Continúa

Sebastián Rojo

Nuevo Corresponsal de Revista Para Esto!

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