Guadalajara, Jalisco — 10 de abril de 2026
I
Entre semana, los senderos del Parque Rojo – para algunos recalcitrantes, Parque Revolución; por metonimia, “El Rojo” a secas – confluían en el mutis de las fuentes apagadas, al centro de las secciones que dividen por norte y sur las calles Pedro Moreno y López Cotilla. A extremos de la avenida Juárez, las esculturas de los próceres Venustiano Carranza y Francisco I. Madero. Con la salvedad de los aficionados a la historia de México, la chispa de interés que despiertan equipara en cantidad a las personas que, ahora, ocupan el tianguis del Rojo. Eran, antes que el derecho al libre intercambio de productos fuera cosa de prófugos y transacciones mercenarias en la clandestinidad, sobre todo estudiantes que los días sábados por la tarde se daban cita en las áreas verdes del parque.
Comenzaba desde tempranas horas el horario de trabajo para las vendedoras, algunas de ellas madres o trabajadoras a tiempo completo que los sueldos precarios orillaban a diversificar sus fuentes de ingresos en la informalidad. Los precios, accesibles, justos, eran la respuesta material, la réplica a una serie de necesidades no satisfechas en los aparadores de la Zona Centro. A nadie asombra que fuera este sector de la población uno de los más afectados por el cierre temporal del parque durante el lapso que comprendió 2025 y casi la mitad de 2026. Los negocios, a pesar de inicialmente haber mostrado resistencia, al cabo de los meses cedieron a la imposición de las mallas ciclónicas, bajo la promesa de parte del gobierno a los vendedores que sus puestos habrían de reubicarse en los mercados y tianguis de la AMG.
II
Por las noches, de vuelta de la Arena Coliseo, me he visto caminando en la Plaza de Armas y ver una escena pasmosa que pone sobre la mesa de debate un tema de fondo.
Debajo de los portales, con apenas calzado que no elimina pero sí modera el frío imperante, personas en situación de calle, cubiertas por bolsas de basura que suplen la escasez de cobijas para mal pasar el rato, o bien, los más afortunados, tendidos a lo largo de la acera frente a las cortinas de acero, bajo una manta de lana que no los salva de las plagas de roedores sueltas por las jardineras a escasos metros, rápidas, tan solo advertidas de soslayo. Idénticas imágenes reproducen el camino por aceras colmadas de gentes sin reposo, aquejadas por el hambre. ¿Qué porción del presupuesto anual destinan los gobiernos locales a erradicar esta crisis, si no es mediante el ejercicio sistemático de la violencia policial? En sus miradas perdidas, en sus cuerpos estragados que el Poder desestima como instrumentos desechables, se fraguan historias de indignación que, sin embargo, a plena luz, uniformados en bicicletas de lujo pagadas con el erario mutilan y ahuyentan por orden de arriba, mientras no deja de correr el reloj del Mundial.
A ellos y ellas el Estado les paga el olvido en que los tiene con la represión. Puede ser cualquier persona la siguiente víctima. No otro nombre merecen como título de existencia que les otorgue una pizca de visibilidad ante la insensibilidad general. Demasiado cerca de los palacios de gobierno, de las tiendas y la cruz de plazas, por mencionar a quienes habitan el Centro. Si bien no hay novedad, hilo negro que analizar en detalle, de cara al despliegue de cuerpos de seguridad en contra de peligrosos agentes alteradores del orden que incurren en el oprobioso delito de no tener acceso a una vivienda digna, no cae la denuncia en saco roto: urge atender no una, decenas de crisis ocurriendo a la vez, empalmadas una sobre la otra, aunque las autoridades hayan hecho a todas luces evidente que, de ningún tipo, por muy graves que sean las crisis, la prioridad es de índole estética.
La museificación de la ciudad.
III
En religión, el documentalista Chris Marker apunta que las deidades e íconos que son sustraídas de su contexto atraviesan una muerte simbólica, sin posibilidad de retorno al lugar de origen, al tiempo mítico que, como una momia tras siglos de conservación inalterada, desaparece, y en el espacio vacante que mantenía a resguardo se genera un vacío que nada llena, en perpetuo estado de apertura, como el enigma de la Esfinge pero sin la sucesiva resolución. Como agua estancada. Benjamin coincidiría con Marker en lo relativo a la pérdida, a la súbita evacuación de todo símbolo primigenio. Postula el alemán que la fase aurática de una pintura descubierta en fechas patronales queda expuesta a inevitables tergiversaciones – cabría utilizar la voz “malversaciones” para efectos de evocar el interés económico subyacente a la extracción de recursos por arbitrariedades que atentan contra la cultura tradicional – que, luego de ser sometidas a un proceso de reproducción en serie o serialización, cambian de apariencia por una más digerible que las masas entiendan e inspire el deseo por consumirlas.
Más aún, las urbes con ínfulas de alta cultura replican este fenómeno de parálisis inducida. Coma etílico en donde la Historia en letras mayúsculas y doradas es una serpiente que se muerde a sí misma la cola, canibalizando sus órganos vitales desde dentro, la ciudad, en un ombliguismo no carente de ironía, mistifica los acontecimientos, encumbra personajes anodinos, se regocija en las victorias militares, los avances tecnológicos, las aportaciones al humanismo clásico que hicieron patria de la provincia. En una palabra que redondee el trazo, el urbanismo programático, inconsciente y atemporal según propone Henri Lefebvre en “El derecho a la ciudad”, libro publicado hacia 1978 que da título e inspira las ideas principales aquí expuestas, además de la imposición inherente a un modelo de arquitectura urbana sin sustento en la realidad cotidiana, funge como benefactor ideal del turismo, el cual, por añadidura, conlleva la explotación de los recursos naturales, la gentrificación, entre un largo etcétera de consecuencias en el plano inmediato que el gobierno, en un acto de benevolencia y ecuanimidad, deroga al pueblo soberano.
IV
En los pequeños actos de desobediencia brota el germen contestatario que anima las rebeliones. Lefebvre añadiría que, aun tratándose de un reformismo cuyas pretensiones y alcances en política no transgreden los márgenes de la ley en vigor, las disidencias propositivas, la reflexión y praxis de segundas y terceras opciones a los fundamentalismos, con participación directa en el devenir de la sociedad civil en su conjunto, atentan de tal modo la bases que cimientan a las instituciones, los edificios públicos, desde Mexicaltzingo hasta el Cabañas y más lejos, que no pueden si no ser consideradas por su carácter revolucionario. De ahí que lugares como el Parque Rojo sean representativos de la lucha por los espacios, en tanto que la disputa por su valor de cambio, su comercialización a los visitantes por el Mundial 2026, está en peligro de un retorno a las dinámicas previas, donde la jurisdicción del Estado únicamente desempeñaba un papel secundario de mediador entre las partes, simpatizantes y opositores en riña por el derecho a la ciudad según dos perspectivas opuestas, dos formas de habitar que bifurca el sentido de uso en sus dimensiones histórica y funcional.
V
En lo concerniente a las acciones concretas, que no las elaboraciones teóricas de la “ciencia de la ciudad”, el arte, medio expresivo que se apodera de la materia y la reconfigura y orienta a placer desde una soledad y un silencio que no están peleados con la calle, es en Guadalajara un asidero fecundo para el ejercicio activo de la libertad como derecho de piso. Desviados de las rutas, los corredores comerciales bajo la protección en armas de un Estado que improvisa sobre la marcha, los grafitis, los stickers, los carteles que artistas independientes pegan con engrudo a las paredes sin permiso de nadie se inscriben dentro de lo que Lefebvre reconoce como estrategias de apoyo a la lucha obrera. Por un lado, el arte de los museos, aún si los contenidos expuestos en las obras critican la ideología que articula nuestro actual sistema político; por el otro, verdadera praxis de una lucha en acto que mediante la continuidad establece vasos comunicantes con otras visiones de lo que entendemos por ciudad, el arte urbano, el arte callejero, el arte – planta trepadora que escala hasta subir al techo de lo permisible. Subversiones que resuenan por la familiaridad con que se dan las interacciones humanas con el entorno. Cristalización de los discursos antihegemónicos en la técnica, fundidos a través de un objeto, un pedazo de papel, el fondo y la forma.
Aunque ineficientes cuando de lo que se trata es combatir las desigualdades más profundas, como heridas que heredamos al nacer, las soluciones, teóricas o prácticas, son parciales, endebles, de corta duración, pero del producto restante que sobra de su pérdida, hallaríamos, convertida en raíz, una pieza de varias para construir, ladrillo a ladrillo, el panorama completo: la ciudad renovada.
Como en el poema de Eduardo Langagne, no tenemos la casa todavía./ tenemos piedras; algunas./ trozos de pan, algo de vino tenemos/pero la casa no.
VI
No tenemos la casa todavía.
tenemos piedras; algunas.
trozos de pan, algo de vino tenemos
pero la casa no;
sin embargo tenemos oscuridad,
porque luz no tenemos todavía;
tenemos algunas lágrimas y besos.
otras cosas igualmente ridículas tenemos,
pero la casa no. quizá
paredes que se levantan muy despacio,
mas no tenemos casa todavía
donde encontrar el frío, la soledad,
la lluvia,
pero arriba,
un cielo como sábana tenemos
y abajo un infierno delicioso
por donde deambulamos
recogiendo piedras.
‘hoy no me llevas, muerte, calavera,
no me voy, no quiero ir.
hoy no voy ni entrego mi barco de papel,
mi brazo, mi guitarra, hoy no,
hoy solamente tiro piedras,
poemas,
muchas piedras contra tu rostro
-no niego, dulce rostro-
tiro piedras,
me arranco el corazón y te lo arrojo.
hoy no, muerte, hoy no voy, no quiero,
necesito hacer la casa.’
y estoy vivo
cuando arrojo palabras, muchas palabras.
fuego.
De Donde habita el cangrejo

— La Lucha Continúa
Sebastian Rojo
Nuevo Corresponsal de Revista Para Esto!




















