Guadalajara, Jalisco — Febrero de 2026

Lo que hoy está en disputa no es solamente un acueducto. Es el derecho a saber, el derecho a decidir y el derecho a defender el territorio sin que el Estado convierta la información pública en expediente reservado. El conflicto en torno al nuevo acueducto Chapala–Guadalajara ha dejado al descubierto una práctica que en Jalisco ya no sorprende, pero sí indigna: anunciar megaproyectos con bombo y platillo y, cuando la ciudadanía exige sustento técnico, responder con un sello de “confidencial”.

El Frente de pueblos de la ribera del Lago de Chapala denunció que la Comisión Estatal del Agua de Jalisco clasificó como reservada la información del proyecto ejecutivo del acueducto. No se trata de un trámite administrativo menor. Se trata de estudios de extracción, impacto ambiental, proyecciones de riesgo hídrico, costos millonarios y criterios técnicos que afectarán directamente a uno de los cuerpos de agua más importantes del país, el Lago de Chapala.

El Gobierno de Jalisco anunció la obra desde abril de 2025, pero cuando se solicitó el documento que la respalda, la respuesta fue la negativa bajo argumentos genéricos vinculados a “seguridad de infraestructura” y “protección de la salud pública”, sin acreditar de manera clara el daño real que implicaría transparentar la información ni presentar una versión pública testada, como obliga la ley.

El debate que se intenta imponer desde el discurso oficial gira en torno a la supuesta urgencia técnica: que el ducto actual está por colapsar, que la infraestructura es obsoleta, que no se incrementará la extracción más allá de los 7.5 metros cúbicos por segundo concesionados. Pero ese no es el núcleo del problema. El núcleo es que el lago está sometido a una crisis ambiental profunda.

Contaminación industrial, descargas municipales insuficientemente tratadas, agroquímicos, deforestación, presión inmobiliaria, invasión de zonas federales y pérdida de biodiversidad forman parte de un deterioro acumulado que no se resuelve colocando más tuberías. Sin un plan integral de restauración con presupuesto claro, cronograma público y evaluación independiente, hablar únicamente de conducción es reducir el problema a una dimensión técnica que invisibiliza su raíz estructural.

Sin información completa no puede existir participación real. Las comunidades ribereñas lo han señalado sin acceso al proyecto ejecutivo no puede haber consulta informada ni evaluación independiente. Por ello interpusieron un amparo y recordaron que México está obligado por el Acuerdo de Escazú a garantizar acceso amplio y oportuno a la información ambiental. La opacidad contradice ese compromiso internacional y vacía de contenido el discurso de “socialización” que se repite en declaraciones mediáticas. Porque hay una contradicción evidente por un lado se reserva formalmente la información y por otro, se afirma públicamente que el proyecto está listo y será presentado. Si existe y está terminado, ¿por qué no puede revisarse? Si es técnicamente sólido, ¿por qué temer al escrutinio ciudadano?

Desde la los pueblos en resistencia se recordó que el lago no es un almacén de agua al servicio del crecimiento urbano metropolitano. Es un ecosistema vivo del que dependen miles de personas. Es el lago más grande de México y un humedal de relevancia internacional. En las comunidades se habla de enfermedades renales, de especies desaparecidas, de contaminación acumulada durante décadas. Mientras tanto, en Guadalajara se pierde entre el 50 y el 60% del agua por fugas en la red y se desaprovechan millones de metros cúbicos de lluvia por falta de políticas serias de captación pluvial. El modelo dominante insiste en extraer y conducir; la discusión pendiente debería centrarse en restaurar y gestionar de manera sostenible.

Lo que está en juego no es un privilegio ni un capricho comunitario. Es transparencia en el uso de recursos públicos y en decisiones que impactan el futuro hídrico de la región. Cuando el Estado clasifica información ambiental estratégica sin justificar de manera rigurosa el daño que su difusión causaría, lo que hace es cerrar la puerta a la deliberación democrática. En un contexto de crisis climática y escasez creciente, esa decisión no es técnica: es política.

La defensa del Lago de Chapala no puede construirse sobre el silencio institucional. La gestión del agua no puede sostenerse en la opacidad. Y si el gobierno insiste en reservar, la sociedad insistirá en exigir. Porque cuando un lago se degrada, no desaparece solo un cuerpo de agua; se erosiona una forma de vida, una economía local y un equilibrio ecológico que no puede reconstruirse con discursos ni con sellos de confidencialidad.

Pablo Lemus Navarro

Gobierno de Guadalajara

— Salvemos el Lago de Chapala!

— La Lucha Continúa!

Mario Antonio López Carbajal

Director General de Revista Para Esto!

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