Guadalajara, Jalisco — 18 de abril de 2026

I

La pérdida del norte en la ciudad es también una recuperación. No quien avanza con destino fijo a un horizonte surcado por minas de tiendas comerciales, efigies de cemento en ruinas que otrora sus arquitectos bosquejaron para su habitabilidad y las administraciones gubernamentales, en el empeño de domesticar sus libertades, mutilaron, transformándolas en exhibidores de proporciones inmensas, en latas de comida rápida, cajas transportadoras de fayuca y miscelánea; no quien va y compra y no se entera de lo que alrededor suyo, como anaconda visual cuya largueza enredada al cuello sofoca e inhibe, proyecta una delgada franja invisible que acota la movilidad y restringe la imaginación para salirse de la caja negra que es hoy el circuito del Centro; no las personas que se llenan los bolsillos de huecos por llenar con utilidades que favorezcan una saludable digestión estomacal; no el condicionamiento a deglutir comerciales como una hamburguesa con papas al coste de pagar la módica cantidad de tu vida; no la compra compulsiva, el Viernes negro, el Buen Fin, la ganga, el remate, la venta nocturna, sino, plácida, regocijante, alma caritativa que restituye el derecho civil a no hacer nada, la desorientación. Perder el norte: reconciliarse con la ambigüedad, lo incompleto. Pactar un tratado de paz con la brújula sin dial. Estar conforme con las informidades que no reditúan ganancias al mediano y largo plazo ni son criaderos de postores.

En tránsito por la marginalia de los discursos oficiales, cazador de los espacios intermedios, el flâneur, delirante, a caballo entre cascarones de hoteles, pólvora que dinamita los honores a la bandera, rompe con la sintaxis y quiebra los vidrios de las ínsulas extrañas, los diccionarios, los almanaques y, no satisfecho con los daños al patrimonio, quema con cerillos de madera los mapas digitales.

Reconquista de todos los mundos posibles, las atajadas a paraísos artificiales en confinamiento, desenmascara la linealidad vendehumos, la perfección del diamante, la arteria unívoca, la última palabra. Entrevé signos pasionales donde cuelgan del borde extremo los papeles ajados de la mercadotecnia. El arte es una pared copiosa de anuncios publicitarios y rótulos de bandas regionales o candidaturas a las curules del Estado y tiene por admiradoras a las miradas vagabundas, atraídas por el magnetismo del misterio. Un Aleph con lente a un kaleidoscopio del deterioro parpadea, interrogante, al que perdió su rumbo. Perder el norte es darse cuenta. Abrir al exterior los ojos merodeadores y enterarse de lo que acontece mientras, en la ciudad, los coches pitan.

II

A saber, tiene la obra de arte dos marcos; uno, rectangular por convención, aséptico, enfoca el punto de vista del virtual espectador sobre el centro de la imagen expuesta, una valla perimetral que, como manto púrpura que velara el aura de los santos íconos, impone un cerco a la belleza, a los dinámicos balances de las formas;  el segundo, exterior o interior, de una capacidad abarcadora en donde las interpretaciones confluyen, es ligeramente más volátil que su homólogo, pues no depende de ningún aval, galería o museo que autorice su derecho de residencia.

Esta segunda instancia a la que nos referimos es el espacio: el arte en libertad o cautiverio.

Callejero, urbano, independiente, popular, contradiscursivo, antihegemónico: los motes son indicios que acusan semejanzas profundas. El artista, distinto al creador tradicional cuya producción engrosa las colecciones privadas, practica un oficio de gitanos. La trashumancia en la periferia.

Ronda por aceras resquebrajadas que prolongan su distanciamiento marcado por la incomprensión. Su ética de trabajo es a un tiempo la naturalización psicológica de una precariedad que reproduce la perpetuación de las élites en las esferas del poder, más la suma de factores que cortocircuitan la mutua comprensión entre quienes aprueban y aquellos que rechazan las alternativas de un arte que encuentra en las paredes su lienzo.

Relegado a figurar solo con permiso, en la búsqueda de plataformas que den cabida a sus propuestas, el artista, un marginal entre marginales a quien las instituciones constriñen a expresarse de una cierta forma que no contradiga, que no suscite la controversia por la radicalidad de sus posicionamientos estéticos y políticos, luego de fugarse en pos de aires más frescos y sobrevivir a la resistencia que opone el sistema a las y los creadores locales, no encontrando medios de asistencia que suplan las facilidades provistas por el curador, al voltear a sus lados reconoce las numerosas limitaciones a que se debe enfrentar para conseguir sus metas, así el soporte donde plasme su obra sea una simple pared.

O bien puede que su intención descanse en dejar testimonio de su paso a través de una firma que sobre diversos muros repite con obsesión: la marca personal que se incrusta en oleadas de reteritorializaciones emergentes por las calles de la ciudad.

La tónica es de carácter espacial en el cauce de acciones y reacciones, en los entrecruzamientos de lo que diverge y asienta los pilares de esta actividad transgresora.

De antemano es sabido por el artista que infringir la ley conduce por callejones estrechos en los cuales hay un camino de ida, pero no de retorno a casa. Actuar, decimos, bajo la guía no siempre fiable de las corazonadas y la buena suerte, a expensas del error, las puertas falsas detrás de las cuales un dedo en la boca nos pide callar, doblar las manos torcidas.

Son agrios los desencuentros con la autoridad, ora con la apariencia de gas lacrimógeno, ora arrinconando para intimidar al infractor detenido en flagrancia. El lado oscuro, las letras pequeñas que no le es dado al artista leer cuando es todavía tiempo, se revela tras la comprobación de que los rondines policiacos por el Parque Rojo y sus alrededores son resultado directo de una criminalización no exenta de veladuras y eufemismos contra la libertad de expresión y el libre desarrollo de la personalidad.

 

III

A la imagen de la ciudad ideal que los políticos de hoy en día impulsan como la estructura de base de colosales proyectos inmobiliarios, se contraponen grupos minoritarios de la sociedad civil desde la organización colectiva, el arte y la denuncia. Esta ciudad ideal de la que presumen en el templete no representa sino una ficción que se ha ido consolidando conforme las administraciones gubernamentales se apropiaron del discurso dominante acerca de lo que significa habitar la urbe. No es de extrañar, pues, la intransigencia frente a las tomas de decisión más efectivas en cuanto a que logran su objetivo de producir un cambio en las mentalidades, así como captar la atención: son reflejo de las exigencias que no escucharon, el reclamo generacional contra una injusticia que desde el Palacio de Gobierno desciende a la tierra como un río de sangre, de periódicos sucios, de ropa que va como ausente, preguntando a los que pasan si alguien le sabría indicar el paradero de su dueño. Banderas rojas en un campo rojo, las fichas de búsqueda, los carteles, los grafitis que por arte de magia se multiplican como panes. Es notable la campaña de descrédito que engloba a todas las anteriores manifestaciones, no sin la debida nota clasista. El gobierno actual, una tautología masturbatoria, onanismo de butaca, se roe los codos, absorto por el ombligo en donde la pelusa reaccionaria y el cangrejo que sabotea y esconde la tenaza mellada comparten una misma habitación oscura, una sala de interrogaciones en que el poderoso le planta la cara a sus peores miedos, en un interminable y soporífero boxeo de sombras.

 

— La Lucha Continúa

Sebastián Rojo

Nuevo Corresponsal de Revista Para Esto!

#ProtegerLaDignidad #PeriodismoEnRiesgo #LaLuchaContinúa

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here