Guadalajara, Jalisco — 05 de febrero de 2026
El movimiento estudiantil que hoy se articula en el Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño (CUAAD), particularmente en el área de Música, no surge de una disrupción aislada ni de un conflicto inmediato, sino de un proceso prolongado de abandono institucional dentro de la Universidad de Guadalajara. Durante años, el CUAAD, y con mayor fuerza su sede de Música, ha permanecido al margen de las decisiones universitarias, relegado por una lógica administrativa que prioriza otros centros y concibe a la música como un elemento útil para el discurso cultural y el prestigio simbólico, pero prescindible cuando se trata de garantizar condiciones reales de formación.

Esta situación se expresa de forma directa en la infraestructura. Aunque la universidad presume los edificios que ocupa Música como patrimonio histórico, estos espacios no fueron diseñados ni adaptados para una escuela de música. No existen cubículos suficientes para el estudio individual, los salones carecen de condiciones acústicas adecuadas y el centro no cuenta con un auditorio propio. Esto impacta de manera inmediata en la formación, ya que una licenciatura que exige práctica constante, trabajo colectivo y ensambles orquestales se desarrolla en espacios improvisados o, en muchos casos, simplemente no se desarrolla.
La práctica orquestal, eje central de la formación musical, ha sido sistemáticamente obstaculizada. Durante años existió un convenio con el Teatro Degollado que permitía realizar ensayos y prácticas en un espacio adecuado. Dicho convenio fue cancelado y, desde entonces, no se ha generado ninguna alternativa real. La omisión se justifica bajo el discurso de que la Universidad de Guadalajara mantiene un conflicto político con el Gobierno del Estado. Este argumento ha funcionado como excusa permanente para no establecer nuevos acuerdos, aun cuando existen espacios culturales públicos que podrían garantizar condiciones mínimas para la práctica orquestal. El resultado es que estudiantes de Música cursan una carrera profesional sin contar con el espacio necesario para desarrollar una de sus materias fundamentales.

A estas carencias se suma una precariedad cotidiana que afecta directamente la permanencia estudiantil. La sede de Música carece de opciones institucionales para acceder a una comida digna. Muchos estudiantes realizan trayectos de dos o hasta tres horas desde municipios como Tlajomulco y pasan jornadas completas en el centro sin posibilidades reales de alimentarse adecuadamente. Esta situación incide de forma directa en la salud, la concentración y el rendimiento académico, sobre todo en una disciplina que exige esfuerzo físico, atención constante y largas horas de práctica.
Estas condiciones no son desconocidas para la universidad. En distintas evaluaciones externas, especialistas que han acudido a revisar el estado del programa y de la infraestructura han señalado que el centro no garantiza los mínimos necesarios para una formación musical profesional. Se ha advertido la falta de espacios adecuados, el deterioro de instrumentos, la desactualización de los programas y la inexistencia de lugares para la práctica colectiva. A pesar de estas observaciones, no se han emprendido acciones estructurales para corregirlas. Las advertencias se repiten, pero las condiciones materiales permanecen sin cambios.
Otro punto crítico es la manera en que la universidad administra la matrícula y las clases. Bajo criterios administrativos generales, se han recortado o cancelado materias con el argumento de la “falta de alumnos”, sin considerar que la formación musical opera con grupos reducidos por su propia naturaleza. Las clases individuales o de pocos estudiantes no son un problema de participación, sino una condición pedagógica indispensable. Al no reconocer esta particularidad, la universidad interrumpe trayectorias académicas y prolonga innecesariamente los tiempos de formación.
En Música no es extraño que las y los estudiantes permanezcan siete años o más dentro de la universidad. Esto no responde a negligencia ni a desinterés, sino a una estructura curricular extensa y a obstáculos administrativos constantes. Esta permanencia prolongada genera una convivencia particular. Las generaciones se conocen, se forman juntas y, con el tiempo, se convierten en colegas de trabajo en orquestas, ensambles y proyectos musicales dentro y fuera de la universidad. Aun así, esta dinámica ha sido ignorada o estigmatizada, en lugar de reconocerse como parte central de la formación musical.

Frente a este abandono sostenido, el estudiantado comenzó a organizarse. Problemas de seguridad, restricciones arbitrarias de acceso al plantel, el aumento al transporte público y la precarización cotidiana hicieron evidente que las autoridades no estaban dispuestas a resolver estas problemáticas. La respuesta no surgió desde las estructuras formales de representación, históricamente ausentes en la sede de Música, sino desde la asamblea y la organización directa.
La organización estudiantil no nace de consignas abstractas, sino de necesidades concretas. La creación de comedores comunitarios, la reapropiación de espacios abandonados, la coordinación con otras sedes del CUAAD y la autogestión de recursos básicos son respuestas prácticas frente a la ausencia institucional. Estas acciones no sustituyen la responsabilidad de la universidad, pero la evidencian.
El movimiento estudiantil del CUAAD Música también cuestiona una visión reducida de la música como simple ejecución técnica. Para quienes estudian en este centro, la música es una práctica social, histórica y colectiva, vinculada al territorio y a las condiciones materiales de quienes la producen. No puede separarse la formación musical de los espacios, los tiempos y las condiciones de vida en las que se desarrolla.
Hoy, desde un centro que la universidad administra como objeto histórico, el estudiantado está construyendo un sujeto político. No solo se cuestionan decisiones administrativas aisladas, sino una forma estructural de entender la educación artística como secundaria. Lo que ocurre en el CUAAD Música es una exigencia concreta de espacios adecuados para la práctica, condiciones mínimas de estudio, alimentación digna y una universidad que deje de usar conflictos políticos como justificación para el abandono.

La lucha no es simbólica ni abstracta. Es por condiciones materiales reales que permitan estudiar, crear y formarse como músicos. En ese proceso, el movimiento estudiantil del CUAAD Música demuestra que incluso desde los márgenes se puede organizar, resistir y disputar el derecho a una educación pública digna.
— ¡La lucha continúa!
— ¡Por y para los músicos que crean y tocan música para el pueblo!


















