Llegué a Calzada de Tlalpan poco después de las nueve de la mañana. El aire todavía estaba fresco y el contingente de la CNTE avanzaba con un ritmo casi ceremonial: tambores, consignas, banderas rojas que se mecían sobre las cabezas de los maestros. Era la novena jornada de paro consecutiva y se notaba. Caminaban como quien conoce el trayecto de memoria.

No había tensión todavía. Los granaderos formaban una línea a la distancia, escudos al hombro, y los maestros pasaban frente a ellos sin detenerse, sin gritarles, casi sin mirarlos. Tomé varias fotos de esa marcha la considero, hasta hoy, la parte más serena de toda la jornada.
El primer cambio de tono llegó cerca de Avenida del Imán. Ahí la policía había colocado un remolque y vehículos blindados para cerrar el paso hacia el Estadio Banorte. Fue entonces cuando aparecieron los grupos del bloque negro. No venían con el contingente magisterial; llegaron por su cuenta, encapuchados, y en minutos empezaron a incendiar llantas, papel y lonas sobre uno de los remolques.
El humo subió rápido. Alcancé a fotografiar el vehículo de la policía con la leyenda “Agrupamiento A Caballo” cubierto de pintura el símbolo anarquista, la frase “¿Bienestar para quién?” mientras el fuego seguía ardiendo a un costado. Los granaderos no respondieron de inmediato. Se quedaron ahí, mirando, esperando. Fue un momento extraño: la marcha de la CNTE, a unos metros, seguía su curso pacífico, casi ajena a lo que ocurría junto al bloqueo. Dos ritmos distintos en la misma calle.

Hacia las once y media, ya con la concentración de la CNTE prácticamente concluida, la policía hizo un despliegue mayor. Decidí moverme. Caminé alrededor de un kilómetro y medio hacia el otro punto que tenía mapeado: el colectivo de madres buscadoras, que se reuniría cerca del puente que conecta directamente con la entrada del estadio. Cuando llegué, ya las tenían encapsuladas.
Un cordón de granaderos las rodeaba casi por completo. Las mujeres llevaban réplicas del trofeo del Mundial y banderas de México, pero también playeras de la selección con los rostros de sus hijos, hermanos, esposos desaparecidos impresos sobre el escudo tricolor. Una de ellas, con un megáfono, repetía la consigna que terminaría siendo el corazón de esta crónica: “La pelota vuelve a casa… ¿y tú cuándo?”

Pasó el tiempo. Quizá una hora, quizá más. Hubo un momento de mucha tensión cuando se reportaron las primeras detenciones dos integrantes del colectivo fueron retenidas por la policía. Las cámaras, las nuestras y las de otros medios, se concentraron ahí. Minutos después las liberaron, pero el ambiente ya había cambiado. Se sentía distinto. Más denso.
A partir de ahí, los granaderos comenzaron a replegar al colectivo del puente. Lo hicieron tres veces. Cada repliegue era un empujón colectivo, un paso atrás forzado, las madres resistiendo con sus pancartas en alto mientras los escudos antimotín avanzaban.
El momento que no voy a olvidar llegó alrededor de las dos de la tarde.

Se escucharon los primeros petardos o detonaciones, no podría asegurar cuál de las dos cosas exactamente. Fue como una señal. De golpe, un contingente de granaderos mucho más numeroso que el anterior avanzó sobre el colectivo. Lo que siguió fue, literalmente, una batalla campal: empujones, gritos, gente corriendo, cámaras en alto buscando capturar todo sin perder de vista por dónde salir.
En medio de ese momento, vi cómo una de las madres fue tirada al piso por la policía. Cayó con fuerza. Perdió su teléfono en la caída el mismo teléfono, probablemente, con el que había estado documentando todo hasta ese instante.
Nadie se detuvo a ayudarla de inmediato; el empuje general no lo permitía. Esa imagen la mujer en el piso, el teléfono lejos de su mano resume para mí lo que fue esa tarde. El enfrentamiento se prolongó cerca de veinte minutos.

No fueron continuos: hubo oleadas, momentos de calma tensa y nuevos avances. En algún punto, el colectivo de madres que estaba del lado opuesto separado por la línea del Tren Ligero decidió retirarse también, dando por concluida su parte de la concentración. Para las tres y media de la tarde, el grupo de choque empezó a disolverse.
Los granaderos se replegaron a su vez. Quedó la calle llena de gente recogiendo sus cosas, fotógrafos revisando sus tarjetas de memoria, y ese silencio particular que sigue a los enfrentamientos: no hay anuncios, no hay cierre oficial, simplemente la tensión se va bajando hasta que la calle vuelve a ser una calle.
Caminé de regreso hacia el puente que lleva al estadio. Desde ahí se veía el logotipo del Mundial, las luces, la gente entrando con sus banderas y sus jerseys nuevos. A unos metros, sobre un muro gris, alguien había escrito con pintura roja: ¿DÓNDE ESTÁN? Junto a la pregunta, manos pintadas como huellas de sangre y la palabra “asesinos”.

Esa pregunta seguía ahí cuando me fui. Probablemente sigue ahí ahora. Cubrí marchas antes. Cubrí operativos antes. Pero pocas veces había sentido tan claramente esa distancia física, de unos cuantos metros entre dos versiones de la misma ciudad: una que celebraba la llegada del futbol más grande del mundo, y otra que llevaba años, algunas décadas, esperando una respuesta que no llega. No tengo una conclusión limpia para esta crónica. Solo la imagen de esa mujer en el piso, buscando su teléfono entre los pies de la gente, mientras a unas cuadras sonaba la fiesta.
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