Guadalajara, Jalisco — 16 de mayo de 2026

No conceder a los poderosos el indulto del olvido articula una venganza lenta contra la barbarie. Simbólicos pero duraderos, fieros fusiles esculpidos en agua, monumentos diurnos que la noche del chacal derrumba, los costales con orificios donde se atrinchera el recuerdo se desparraman a nuestros pies, y sin embargo, piedra sobre piedra, al evocar las terribles consecuencias, tras décadas de dictaduras que arrasaron con la esperanza y enterraron a miles bajo lotes y páramos, se erigen en torres, columnas de basalto que denuncian la injusticia cuando alzar la voz está penado con la mortaja y el silencio.

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Para el psicoanálisis, malestar que experimenta el ser humano cuando en su vida el horror se hace manifiesto, la identificación de semejanzas donde no las hay, entraña lastimaduras que ni las cicatrices difuminaron. Transita por lugares comunes que enrarece el desconcierto: yo, no sé cuándo ni en los zapatos de quién, estuve aquí antes. Es el caso típico del deja vú que reacciona como estrategia disuasiva, no habiendo explicación coherente que componga los desarreglos a la sintaxis. La normalidad no es tan normal como se nos ha hecho creer. Una partícula de horror presiona los apagadores en el dormitorio. Jala los pies acalambrados. Como fantasma de las navidades pasadas, Lo Desconocido llama a la puerta. Pero este Desconocido comparte con nosotros rasgos faciales, voz, acta de nacimiento, genealogías. Data del periodo gótico y del romanticismo alemán el tópico el Doble, quien irrumpe en la cotidianidad y destroza la psique en fragmentos desiguales, allana el ámbito privado, secuestra y sepulta los efectos personales. William Wilson, de Edgar Allan Poe, retrata el descenso a la locura luego que dos hermanos gemelos cruzan caminos. En Gringo viejo, novela de Carlos Fuentes que desmiente al caudillo en su miseria a través de Ambroce Bierce, norteamericano autor del Diccionario del Diablo a quien el desierto norteño se tragó una vez convertido en pequeño líder de una célula villista, dos hombres forzan la entrada a una mansión cuyos muros interiores tapiza una franja extensa de espejos. Aquel era su primer encuentro consigo mismos. Por fin, de pies a cabeza, la reflexión de su apariencia y vestiduras. Uno a otro se señalan con el dedo. Metáfora de la revolución, como toda la obra temprana de Fuentes, acusa el choque entre culturas de una nación separada por el centralismo y un estado de excepción por la guerra centenaria del siglo XIX.

Abel y Caín, Castor y Pólux, Abel Sánchez y Joaquín Monegro personifican la ruptura violenta de la unidad primigenia, el exilio del Edén, la disminución inseparable, frontera indecisa en que el parto natural del territorio fracasa, en continuidad con la escisión del Yo. Mutuamente en guerra con su propia incompletitud, el gemelo detesta de su homólogo la univocidad que imposibilita su independencia. Ser a un tiempo, como el Argos, nave en los talleres de un futuro que conforme la marcha se constituye por sí solo y la chispa que hace volar en pedazos los talleres; que, por el sino de una fatalidad inescrutable, cumple una sentencia a contrarreloj. El Uno y su doble, que es todo y nada. Como si el destino de nacer gemelo fuera autodestruirse según la mitología, el tête-à-tête del provincianismo mental con Lo Totalmente Otro supone un desgarramiento. Desde la adolescencia a la madurez, el tú eres yo y el yo eres tú descritos por Fuentes son la desembocadura resultante de una reflexión en sus acepciones física e intelectual: mediante el espejo de la Historia, verse por dentro y por fuera. Una dialéctica de la aceptación de Sí cuya síntesis, impracticable, se incrustaría en un proceso encaminado a un origen que establezca los términos para la reconciliación de los hermanos y hermanas que replican a Abel y Caín, en lucha eterna contra las zonas más sombrías e inconfesables. Contra el horror ante lo familiar que, aparentemente, citando a Shelling, no debía salir a la luz. 

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De niño, en la escuela, se me enseñó que los malos de la historia eran los conservadores. Sigo de acuerdo, mas hubo discrepancias y omisiones que no tendría cómo advertir un menor de edad si no hasta la madurez – y ni siquiera. Por ocio fue que supe de la Cristiada. Dándole tiempo al tiempo, a este hallazgo le siguieron otros más desconcertantes y ominosos: el jueves de Corpus, el 68, la Guerra Sucia, la matanza de yaquis, el levantamiento zapatista en Chiapas, etc. Por mucho que se trate de un lugar común, nunca estará de sobra pronunciarnos, con detenimiento esnob, sobre un asunto de propiedad inmaterial: la memoria histórica. ¿Quién la robó? ¿En qué momento la perdimos? Aunque es de reírse el pleonasmo en esta construcción verbal idea de no sé qué funcionario poco ducho en la abstracción, en la raíz alberga una serie de contradicciones a cuál más perniciosa, que instala a su homólogo, la “verdad histórica”, bajo la lupa. Dime qué verdad promueves y te diré a cuánto asciende tu sueldo a cuenta del erario público: el Poder prescribe las versiones. Digámoslo así: en tanto es admitido el argumento que valida la existencia de una presunta historicidad en la memoria, ¿hay una memoria, individual o colectiva, que no sea, por antonomasia, herencia de una época? Memoria histórica versus memoria a-histórica: el debate. No siendo una crítica de la memoria en cuanto pertenencia, el señalamiento va dirigido a la cooptación de esa misma memoria vendida como verdad absoluta. Los buenos contra los malos. De una complejidad que no limita la discusión a las fechas, el valor del recuerdo integra una forma de la identidad nacional y diversa, intraducible al lenguaje burocrático.

Recuerdo saltar de una banqueta y estrellarme de narices sobre el concreto, en la conmemoración de la batalla por el Castillo de Chapultepec. Yo era, si no me traiciona la memoria, Juan Escutia. Sostuve en mis manos la bandera como solo podría un niño creer en Batman y los Niños Héroes: con absoluta devoción. A la vuelta de los años, a sabiendas que tales personajes son obra de un rancio nacionalismo de bronce, con cierto dolor en la nariz me miro al espejo y lo que veo, si detrás de mi rostro se asomaran los acontecimientos ocurridos en el país que no forman parte de los libros de lectura, no me agrada. Allí, en suspensión, las piezas faltantes aguardan a ser reunidas. Como afirma Héctor Manjarrez en el título de uno de sus libros: el horror es familiar.

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Aunque trillada, la archiconocida frase “quien ignora su historia está condenado a repetirla” supera la validación de una cronología; el ejercicio del saber informado reconduce al afianzamiento de la compasión, genera afinidad y configura lo que sobre nosotros tomamos por verdad única. La densidad y espesura de las efemérides sobrepasan la raquítica oratoria del normalismo epigonal, evolucionando a pasión crítica.

La fraternidad es viable si de antemano la concienciación, el mutuo entendimiento le plantan cara a la extrañeza que destiñe de rasgos a lo que nos es ajeno por distante. Son dos, siempre dos, las tareas.

Si se apela al sentido humano de la memoria para dignificar las penurias de quienes nos antecedieron; si repensamos la historia desde una postura crítica, habríamos logrado acercarnos más de lo que en la actualidad nos sitúan las circunstancias.

Recordar es necesario para vivir.

— La Lucha Continúa

Sebastián Rojo

Nuevo Corresponsal de Revista Para Esto!

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