Guadalajara, Jalisco — 03 de abril de 2026

En casa, antes de abandonar la periferia, mamá había creado un archivo cuyas desmesuradas proporciones nos dimos a la tarea de compartimentar en sobres y sobres de la Kodak según el dictamen de categorías al vapor, a medida que transcurrieron mis primeros años de infancia.

Fiestas de cumpleaños, viajes al mar. Planos generales que eran el retrato de una época irrepetible. Pero la creación de aquel archivo data de su juventud. Como un tributo a la esperanza, asomándose por rendijas invisibles que dejaban entrever su futuro, los novios de ayer posando delante de un vocho ante la cámara desechable son, tras una breve etapa de matrimonio joven, mis padres. Memorias reducidas a un instante donde convergen el extrañamiento y la nostalgia, aquellas fotografías guardan para mí un significado que rebasa lo anecdótico. Convierten una playa de Jalisco a la vez cuando, en compañía de parientes a quienes jamás tuve oportunidad de conocer o bien sus nombres quedaron para siempre borrados de mis clasificaciones mentales, ella, con menos de veinte, conoció el mar. De tal modo, a partir del reconocimiento, es como funciona la memoria colectiva: a través de reflexiones, de intersecciones y disyunciones con raíces en polos opuestos que a paso de tortuga atrae, magnética, la curiosidad, la zozobra como un aliento cálido de nuestros antecesores. La sangre en común. Existió en las familias mexicanas -la violenta irrupción en el quehacer cotidiano de las redes sociales anuló este proceso- una tentativa museística por las colecciones mediante la acumulación. Dentro de sus corazones de latón y fantasía, objetos de la más diversa índole, siempre a punto de liberarse como en el mito de Pandora, contuvieron el enigma de un tiempo recóndito que nos acecha desde su no-lugar.

En sí misma un centro neurálgico, hoyo negro que todo lo devora, la imagen presupone una noción de centralidad en contacto directo con la memoria y sus dinámicas. Algo que no es la realidad en bruto si no la sombra que proyectan los árboles una tarde de abril, una fuerza con poder de persuasión que nos hostiga por el rabillo del ojo, logra captar nuestra atención, público cautivo de una cuasi manifestación divina que excede por mucho las facultades intelectuales. No damos razón de su misterio, que acontece por autonomía natural, se reproduce, toma posesión de los sentidos a su merced, apropiándose, al finalizar el abismo su jornada, del presente. Beatriz Sarlo cita a Bergson para la siguiente aseveración: El tiempo propio del recuerdo es el presente. 
Visto el recuerdo en tanto espacio habitable, acude al llamado perentorio de las casualidades más oportunas o infortunadas. Aparentando un objeto anodino, el cual a ningún elemento del exterior imita por sí solo, transgrede barreras en emergencia simultánea, aquello que censura la psique: los traumas. Surgen sin motivación alguna las aflicciones que no atendimos con la debida propiedad. Monstruo de mil facetas donde no hay dos máscaras iguales, advenimiento que paraliza la elaboración en términos del psicoanálisis, su actuación se desdobla de incitaciones previas. Podemos añorar el retorno al hogar materno que se perdió entre las deudas, pero también alzar el índice y preguntar a la tierra suelta y a los baldíos por el último paradero de los ausentes. 
Corresponde al ámbito exclusivo de lo privado la rememoración de los seres que partieron a la otra vida. Forma historia el recuerdo que de nuestros familiares conservamos en urnas y los homenajean los retratos como sepulcros abiertos a las flores. Hay un antes y un después inamovibles que delimitan, engranajes, la temporalidad, la línea de tiempo en la cual se circunscriben la biografía y los incisos, los comentarios al calce, las precisiones que alteran la masa cambiante en que el muerto es una metáfora de su personalidad. 
En paralelo, las calles distan de ser refugio para lo inamovible. Corren a una velocidad atropellada los actores de la urbe inquieta, a bordo de camiones destartalados en su rumbo por avenidas enfermas de congestión. Son la plaza y la fuente, los portales del mercado, el atrio, la iglesia virreinal, la rotonda ilustre los emblemas que dan el carácter público a la cotidianidad republicana, al ágora pleno de intervenciones como flechazos al talón desprotegido. Museo de cédulas de búsqueda donde los visitantes fueran caballos mensajeros, en sus paredes, a los pies de los edificios gubernamentales, brillan dijes que confrontan la desmemoria, que atentan contra el orden establecido por funcionarios censores y líderes políticos: son el primo del amigo a quien sus padres vieron salir de casa una noche para nunca regresar.     
Son la muchacha tras cumplir su horario de 8 horas por un sueldo de hambre; son los amigos que volvían de pasear en bicicleta. A ellos, ellas, elles, sin mayor sustento donde ampararse que el respaldo documental en un pedazo de papel cuya permanencia sobre los muros oficiales tiene las horas contadas, ¿qué figura legal cuida de la amnesia, arrojados a la turba loca del ruido y la injusticia? Entre seres queridos nos palmeamos el hombro, en restitución del consuelo por su larga ausencia. Suya es la ciudad que reniega de los memoriales y el fasto fúnebre. 
Sin embargo, pocos son los instrumentos de que disponen las familias aquejadas por el crimen. Se trata de fichas: en las arterias principales de la ciudad las encontraremos como bastiones de resistencia civil. Durante una marcha de tantas por Juárez. Mientras, en un crucero aleatorio, los destellos de luz verde propician la movilización del flujo vehicular, las hojas, un rectángulo en color amarillo con azul que incluye las señas particulares de una persona más sin aparecer en meses o incluso años, libran arduas batallas silenciosas. Son blanco de veladas persecuciones legislativas. Fuente de polémica, desde el título formal para la Glorieta de Las y Los Desaparecidxs, la pertinencia en materia de seguridad personal de recalcar a las autoridades competentes el agravio, los alcances culturales de su lucha a brazo partido con la intransigencia partidista, hasta el descrédito por desvelar al pueblo que el rey está desnudo, las fichas albergan una fuerte carga simbólica sin precedentes. Un museo itinerante cuyo homólogo privado refleja idénticas aspiraciones: reivindicar, conmemorar, celebrar y denunciar, verbos pasionales que son trinchera frontal de los derechos del recuerdo. En palabras de Beatriz Sarlo: vida, justicia y subjetividad.  
De la casa donde mi madre me vio crecer como las plantas de su jardín de guayabas y jitomates nos mudamos cuando cumplí 8 y me gustaban las retransmisiones de Batman por el canal 21. Felipe Calderón Hinojosa era presidente de México. A esa edad fue cuando aprendí palabras como “normalista”, “derechos laborales”, “pensiones”, “jubilación”. El recordatorio de la vida que dejamos atrás me trepaba por la nuca en mis noches de insomnio prematuro. De pronto había un silencio que no se parecía en nada al correr del viento por la calle de tierra. Fui consciente que mi pérdida cobró dimensiones universales. Éramos mi habitación con vista a la calle, a un árbol endémico de Chile de cuyo nombre autóctono me enamoré, la ropa donde aprendieron a acomodarse mis extremidades en crecimiento, y las fotografías de mi infancia, decenas de papeles fotosensibles revelados antes que yo viera la luz, en estudios que declararon la bancarrota. Otra, que no la mía, era la versión que posaba con mis deslucidas camisetas de Buzz Lightyear ante la cámara desechable. Para mis padres, yo era ese niño. Pero las constancias de existencia son como el reducto inmarcesible que las canciones de la radio siembran en la memoria profunda: el polvo se las lleva.  

— La Lucha Continúa

Sebastian Rojo

Nuevo Corresponsal de Revista Para Esto!

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